Pues hoy, por fin, me he apuntado al taller de máquina de coser que organiza la M. Jesús, una compañera del cole que, de manera totalmente voluntaria, dedica una hora y media a enseñarnos a coser.
Es la segunda edición que hace. A la primera no me apunté porque había demasiada gente y ya me conozco: me agobio. Esta vez me he animado y la verdad es que ha merecido la pena.
Hoy tocaba hacer una bolsita. Y oye, ¡he salido con una bolsa hecha! No está nada mal para alguien que todavía está intentando entender qué hace cada hilo y por dónde tiene que pasar la tela.
He disfrutado mucho y me ha gustado terminar algo que he hecho con mis propias manos. Pero también he descubierto que coser tiene bastante más miga de la que parece. Una cosa es mirar cómo alguien utiliza la máquina y otra muy distinta ponerse delante y empezar a tomar decisiones.
Hay algo que me ha llamado especialmente la atención: coser es un poco como pensar al revés. Tienes que imaginar cómo quedará la pieza cuando la gires, qué partes deben quedar enfrentadas, por dónde tienes que coser para que después no se vean las puntadas... Vamos, que no basta con saber dónde quieres coser. Tienes que anticipar lo que ocurrirá después.
La sesión estaba muy guiada y la M. Jesús nos ha ido llevando paso a paso para que todos pudiéramos terminar nuestra bolsita. Y eso está muy bien, porque hoy tocaba disfrutar y llevarse algo acabado a casa. Pero también he visto que, para llegar a hacerlo solo, todavía me queda bastante práctica.
Tengo que ir soltándome, entender la lógica del proceso y dejar de mirar cada dos segundos para comprobar si estoy haciendo lo correcto. Supongo que llegará un día en que no tenga que pensar tanto en cada movimiento. O eso espero.
Y mientras estaba con la máquina, me ha venido a la cabeza mi abuela. Era costurera, o modista, como se decía antes. En mi época se hablaba mucho de que nuestras abuelas se consideraban analfabetas porque muchas no habían tenido la oportunidad de ir a la escuela. Y, sin embargo, hoy me he parado a pensar en todo lo que debía saber hacer mi abuela.
Quizá no había estudiado matemáticas en un aula, pero dominaba medidas, proporciones, patrones, geometría, cálculos y un montón de operaciones que yo hoy apenas estoy empezando a descubrir. Saber cómo cortar una tela, aprovechar el material, calcular las piezas y anticipar cómo encajarán para conseguir una prenda requiere unos conocimientos nada sencillos.
Y me ha hecho pensar que no haber ido a la escuela no significa no saber. Que hay muchos conocimientos que no aparecen en los libros ni se demuestran haciendo un examen, pero que requieren inteligencia, experiencia, práctica y muchísima precisión. Quizá hemos llamado analfabetismo a una falta de formación académica sin detenernos demasiado a mirar todo lo que aquellas mujeres sabían hacer.
Me habría gustado preguntarle a mi abuela cómo aprendió todo aquello y verla trabajar ahora que empiezo a entender un poquito mejor la dificultad que tiene.
En fin, hoy he dado otro pequeño paso en esta aventura de aprender cosas que hasta hace poco ni me planteaba hacer. Me llevo una bolsita, alguna que otra duda y bastantes ganas de seguir practicando.
Eso sí, de momento no me veo cosiendo las cortinas de casa. Vamos poco a poco.
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